Cincomarzada Historia de una fiesta popular C. Forcadell. ANDALAN 1977

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La Cincomarzada

Historia de una fiesta popular

Carlos Forcadell.  ANDALAN 1 marzo 1977

La historia de la ciudad es también la historia de las fiestas que los ciudadanos se han otorgado a sí mismos, asumiendo determinadas formas y significados. Probablemente ninguna celebración popular ha encamado tan profundamente en la conciencia colectiva de los zaragozanos como la que cada 5 de marzo han venido festejando desde 1839 hasta 1936, durante un siglo bien cumplido. La noche del 5 de marzo de 1838, entraban las partidas carlistas en Zaragoza, y la improvisada reacción popular desbarató una acción que hubiera cambiado el curso de la guerra, repitiendo en unas pocas horas las gestas que caracterizaron la defensa urbana de 1808. La fecha tenía la significación doblada por cuanto, otro 5 de marzo, el de 1820, el Ayuntamiento, el pueblo, la guarnición y todas las autoridades habían proclamado por unanimidad en la Plaza Mayor la Constitución de 1820, nombrando una Junta Superior del Reino de Aragón. Durante todo el siglo XIX y el primer tercio del XX, perduró la Cincomarzada a través de toda clase de regímenes políticos y circunstancias históricas con un significado básico de celebración liberal, demócrata o republicana. El fasciofranquismo insurrecto del 36, enterrador de vidas e historia, se llevó junto con tantas otras cosas, la fiesta del 5 de marzo. Hoy sólo los zaragozanos mayores de 45 años pueden recordar que un día al comienzo de la primavera, acabando el Carnaval, salían al campo con sus familias, provistos de viandas, cestas, vino, sartenes y guitarras.

El 5 de marzo de 1838

A las cuatro de la mañana del 5 de marzo de 1838, cuatro batallones carlistas al mando del General Cabañero, se introducen con escalas por la Puerta del Carmen ocupando las calles del Coso, Mercado y de la Parroquia de San Pablo en primer lugar, y envolviendo la ciudad hasta la Plaza de la Magdalena con 3.000 infantes y 300 caballos. Los vivas a Cabañero, a Carlos V y a la Inquisición, despertaron al vecindario, que se echó a la calle. Soldados, nacionales y paisanos se lanzan sobre las tropas carlistas distribuidas por el casco urbano. Son arrojados toda clase de enseres, muebles y colchones, desde las ventanas de las estrechas calles, bloqueando a las tropas con repentinas barricadas. «Sería un agravio no nombrar el sexo que con guijarros, agua, aceite hirviendo y otros efectos contribuyó a que pronunciasen su derrota, y saliesen en vergonzosa fuga los que ocupaban el Coso y la Plaza de la Constitución por la Puerta de Santa Engracia, refugiándose los del Mercado y San Pablo en la iglesia del mismo nombre» (Diario Constitucional de Zaragoza).

Los carlistas dejaron 217 muertos y más de 700 prisioneros, mientras los defensores de la ciudad tenían solamente 11 bajas. La Reina Gobernadora concedió a Zaragoza el título de «siempre Heroica», y los zaragozanos añadieron, a la todavía fresca memoria de los Sitios, la fulminante defensa del 5 de marzo contra los carlistas. Ambas acciones habían tenido un componente eminentemente popular. En los años siguientes, el Ayuntamiento Constitucional de Zaragoza declara festivo el día del aniversario y procede a su conmemoración oficial y solemne. Desfila la guarnición y la Benemérita Milicia Nacional. Se celebran Oficios Divinos y «toda tienda, taller y vendería debe hallarse cerrada». A mediodía salen los Gigantes al repique general de campanas, se corre una novillada en la Plaza de toros, se entapizan balcones y ventanas de las casas. A la tarde comienza un baile en la Lonja y en el Teatro. Y sobre este esquema celebran los zaragozanos la memoria del 5 de marzo hasta 1848.

Los moderados no quieren fiestas, los zaragozanos la sacan al campo

En 1843, el péndulo de la historia de España lleva a los moderados al poder. En Zaragoza se crea una Junta Salvadora de la Patria que resiste hasta el 23 de octubre, en que entra en la ciudad el General Concha. Narváez desarma la Milicia Nacional y !crea la Guardia Civil! Así que en 1844 ya no hay conmemoración oficial del 5 de marzo. «Los mismos zaragozanos debían procurar el olvido de un día… que debía ser causa de regocijados aniversarios si no hubiera razones políticas y de orden que lo impidieran…» (El Liberal Aragonés). Pero los zaragozanos no parecían dispuestos a renunciar a la celebración, y privados de actos oficiales, comenzaban a procurarse nuevas formas festivas. La reacción natural era salir a los alrededores de la ciudad, lejos de la vigilancia de la guarnición. En 1847 la empresa del Teatro Principal cede el local para representar una función a beneficio de los afectados del 5 de marzo. Y además la fiesta sigue adelante, en parte como testimonio contra el orden político establecido. El Coronel Jefe de la guarnición da un Bando el 6 de marzo en el que dice: «Soldados: en el día de ayer habéis sido testigos de algunas demostraciones reprensibles debidas en gran parte a la embriaguez y ejecutadas al abrigo de la ilustrada tolerancia que un aniversario había aconsejado a la autoridad política…» (Diario de Zaragoza). Se habían dado gritos contra el Trono, la Constitución y las Leyes, por lo cual el coronel prohibe la función de teatro, «toda reunión en calles y plazas de esta capital», y, curiosamente, «que se den vivas y muertas de cualquier especie»

Hay que notar que el 5 de marzo coincidía más o menos con el final del Carnaval y estaba muy cerca del llamado Domingo de la Piñata, último anterior a la Cuaresma. Se celebraban bailes  de máscaras en la Fonda 4 Naciones, en el Salón de Oriente, en la Plaza de Toros, en el Circo Olímpico… etc. Tan cerca de la alegría carnavalesca, y en cierto modo reprimido por la autoridad, el 5 de marzo comenzó a proyectarse como una salida colectiva al campo y a los alrededores de Zaragoza de gran número de ciudadanos. Así, en 1851, «salió el pueblo zaragozano en tropel a solazarse por la deliciosa vega. Las autoridades han quedado satisfechas del fino comportamiento de estos ilustres hijos» (El Avisador). Los zaragozanos vaciaban la ciudad desde las primeras horas del mediodía y acudían a la arboleda de Macanaz y a las riberas del Gállego, a carnavalear sin antifaces, comiendo, bebiendo, bailando. Durante la década moderada, al negarles la ciudad la fiesta, se la llevron a sus alrededores, y ahí nació la tradición que se repetiría durante muchas décadas

Una fiesta liberal y republicana

A partir de 1854 y de la Vicalvarada, con los progresistas en el poder, se vuelve a dotar de contenido oficial a la fiesta del 5 de marzo, símbolo de la lucha por las libertades. El alcalde, José Marraco, comienza su bando a los ciudadanos recordándoles cómo «la opresión y la intolerancia de los enemigos de las libertades públicas os han privado por espacio de doce años de la solemne conmemoración del 5 de marzo» y les ordena «entregarse al regocijo y al contento público» (el Esparterista). Las calles de la ciudad vuelven a integrarse en la fiesta, y grupos y rondallas las recorren dando gritos a la libertad y a Espartero. En la década de los sesenta se asienta definitivamente la fiesta, que si bien vuelve a ser privada de significación oficial a partir del 57, supone ya en adelante el cierre de comercios y del mediodía, así como la costumbre de salir al campo, generalmente a la otra orilla del Gállego, si bien comienzan a verse frecuentadas las orillas del Huerva. Las calles de la ciudad quedan vacías y los que pue­den marchan en carros y tartanas a lugares más desplazados. Al atardecer, el regreso da a la ciudad peculiar color. Como dice un cronista en 1868, «gracias a Dios no les faltan tan debilitadas como algunos suponen las ideas que proclamamos…». (El Eco de Aragón). La conmemoración sigue viva con un contenido liberal.

Este contenido se potencia a partir de la Revolución de 1868. En 1869 el Ayuntamiento declara la jornada fiesta cívica y señala a los ciudadanos que pocas veces en el transcurso de los últimos 31 años han podido celebrar con tanta libertad el 5 de marzo. «Dominados casi constantemente desde esa fecha por gobiernos que llamándose moderados y que en nefando consorcio con los absolutistas han pretendido robaros ese sacratísimo timbre de tanta gloria bajo pretexto de olvidar pasadas discordias, os visteis obligados a abandonar vuestros hogares, transportando el fuego sagrado de vuestro culto a la libertad a la soledad de los campos…» (Revolución). En 1870, el Ayuntamiento pone la primera piedra de la nueva Iglesia de El Portillo, en conmemoración del 5 de marzo, a la vez que acuerda trasladar los restos mortales de Agustina de Aragón, fallecida en Ceuta en 1857.

A merendar, el fascismo tampoco quiere fiestas

Durante la Restauración, el 5 de marzo sigue siendo día festivo, en el que casi todos los zaragozanos salen al campo. El paternalismo propio de las autoridades de esta época hace frecuentes recomendaciones a olvidar el significado de la fecha que ya comienza a ser le-­jana. Se continúa dando una ayuda en metálico (25 pesetas) a viudas y huérfanos de los mártires del 35, y aún se distribuye el sobrante de las funciones benéficas a los pobres «con bono». Hay repetidas llamadas a la moderación y las crónicas del día resaltan siempre la ausencia de incidentes, excepto cuando como en 1890, la alegría y el vino causan un muerto en el Paseo Las Damas. La gente sigue acudiendo a Macanaz, orillas del Gállego, las Balsas de Ebro Viejo, el camino del Vado… etc., y desde comienzos del siglo XX a Torrero y a la Casa Blanca. En las épocas de crisis y de dificultades económicas, la celebración campestre es más destacada si cabe. «Aquí en Zaragoza tenemos poco dinero, pero humor no nos falta», dice el cronista del «Heraldo» de 1917; o en 1919: «estará todo muy malo, pero que las gentes tienen unas ganas locas de divertirse, eso es histórico». La ciudad se vacía, se añaden el Cabezo Cortado, Buenavista, la Almozara, la Estación de Utrillas, etc., a los lugares habituales, consecuencia lógica de la expansión de la ciudad hacia el sur, los tranvías van llenos de excursionistas, y la barca del Tío Toni cruza el Ebro sin parar. La Dictadura del jocundo y festivo Primo de Ribera no supuso ningún corte en la ya muy tradicional jornada, y sí que en 1932, el primer cinco de marzo republicano alcanzó tonos muy destacados. «Las costumbres del pueblo no varían por un cambio de régimen más o menos» (La Voz de Aragón). Durante la República la diferenciación social se traduce por los lugares so­bre los que las distintas clases sociales muestran su preferencia. Un cronista republicano expresa su amargura de «saber tergiversada una conmemoración de tanta trascendencia para la ciudad». Muchos habían olvidado el origen del 5 de marzo. El 4 de marzo de 1937 el Ayuntamiento acuerda oficialmente suprimir la fiesta. Y por si poco fuera, la calle que durante décadas llevó este nombre, pasó a designarse como calle de «El Requeté Aragonés.