Por un Ebro vivo y una navegación respetuosa. Artículo de Mariano Merida

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MARIANO MERIDA SALAZAR

 

El azud  de Zaragoza se proyectó por Ángel de Escoriaza en el año 1954. En palabras suyas, imaginaba “el Ebro desde el puente del ferrocarril al del Pilar canalizado en sus márgenes, con nivel casi constante, ocultando bajo las aguas su feo cauce y bajo ellas también la salida de las alcantarillas y por donde navegarían docenas de embarcaciones con espectaculares competiciones de rapidísimas canoas de motor fuera-borda”.

De esa época también es la idea del corte del meandro de Ranillas con la idea de crear un brazo de río abandonado y la posibilidad de tener playas en el lóbulo del meandro. Afortunadamente, esta última idea no se llevó adelante y durante décadas hubo navegación en el río y, sin azud, hubo brillantes regatistas aragoneses que cosecharon méritos olímpicos lo que fue favorecido por el establecimiento del CN Helios en los años 1920.

Cuando se levantó el azud de Vadorrey ya estaba vigente en España la Estrategia Nacional de Restauración de Ríos, que surge ante el deterioro progresivo de los ecosistemas fluviales, y con un objetivo central que es devolver a los ríos su estructura y funcionamiento como ecosistemas, de acuerdo a las pautas naturales que tenían antes de su degradación.

Se trataba, pues, de recuperar los procesos fluviales naturales -y con ellos el funcionamiento ecológico y las formas y comunidades biológicas primitivas del cauce y sus riberas que tenían antes de su degradación. Pero la restauración no sólo es necesaria para mejorar su funcionamiento ecológico, sino también para garantizar el cumplimiento de sus funciones a la sociedad, como la calidad del agua y la disminución del riesgo hidrológico de las avenidas. Y además una acción de obligado cumplimiento, ante unas normativas europeas que ponen en evidencia el interés de conservar el medio natural para la propia supervivencia de las comunidades humanas.

El hacer una represa ha sido justamente lo contrario de lo que aconsejaban estas normativas. Un río es por definición una corriente de agua. Lo peor que le puede pasar es que esa corriente se detenga, y tiene que estar muy justificado la necesidad de hacerlo.

Desde el azud que toma las aguas para alimentar el canal de Tauste, 180 kilómetros aguas arriba, no hay otra represa hasta la de Zaragoza, y es donde se sitúan los tramos mejor conservados del río Ebro. Desde Zaragoza hasta la desembocadura, tramo donde hay varios azudes y embalses, la calidad del río disminuye notablemente. Y cierto que los puentes pueden hacer de cierta pantalla frente al flujo libre del agua, pero está claro que el azud de Vadorrey multiplica por cinco el efecto que puede provocar cualquier puente a esos flujos del agua.

Para los organizadores de la Expo 2008, el azud era una necesidad para conseguir una navegación turística, tipo la del Sena en París, y estaba indisolublemente unida a la recuperación de riberas del Ebro al tomar como referencia la cota de la lámina estabilizada de agua por el azud en el diseño de los parques de ribera. Pero aquí, hagamos también historia.

Zaragoza, antes de la celebración de la Expo 2008, recibió presupuestos de Europa, en 1993, y de otras instituciones que fue incapaz de gestionar. En 1993, el secretario de Estado para las Políticas del Agua y del Medio Ambiente, Vicente Albero y el alcalde, Antonio González Triviño, suscribieron un convenio para restaurar las riberas de la ciudad por valor de 1.579 millones. En aquel momento, el Secretario de Estado señalaba que el Convenio de Recuperación de Riberas era el más importante que había puesto en marcha el MOPT en toda España. El entonces teniente alcalde García Nieto decía que era una oportunidad histórica para que nuestra ciudad pudiera volver a dar la cara al Ebro.

La mayoría de estos proyectos no se desarrollaron, y los que se llevaron a cabo se tuvieron que rehacer diez años más tarde con las consiguientes pérdidas económicas. Siendo concejal de Medio Ambiente Francisco Meroño, y de urbanismo José Luis Santa Cruz, se realizaron las obras de los parques de Tenerías y San Pablo, un verdadero desatino, con bancos de espaldas al Ebro a lo largo de un kilómetro, además de mantener el talud del Paseo Echegaray separando la parte natural de la ajardinada de forma abrupta. La Federación de Barrios de Zaragoza y los grupos ecologistas, se opusieron a estas mal llamadas recuperación de riberas.

Más tarde, en 1998, Ibercaja firmó un acuerdo con el Ayuntamiento de Zaragoza para actuaciones en las riberas, y otra vez hubo que movilizarse para oponerse al doble vial que proponían algunos colectivos de la margen izquierda, entre el Puente de Hierro y el Puente de la Unión, y la eliminación de la vegetación de ribera que los diseñadores del parque pretendían. El tiempo nos ha dado la razón.

Las hileras de vegetación natural del río Ebro, que disfrutamos en el centro de la ciudad, se mantienen con las recargas del freático en el periodo invernal y con el aporte de las escorrentías que aportan los parques urbanos aledaños. En nada necesitan de la presencia del azud. Lo que sí ha ocasionado éste, es la muerte de docenas de árboles que quedaron inundados en las proximidades del puente de Hierro, como hoy se puede apreciar al bajar el nivel del agua.

Con el fin hacer posible una navegación de barcos de suficiente calado para trasportar a un máximo de 20 pasajeros, se rebajó la solera de un arco del Puente de Piedra. Además se necesitaron dragados continuos, y continuos gastos para un fracaso anunciado. Ya lo decía en 2007 el grupo del PP en el Ayuntamiento “sería un capricho muy caro que sólo se esté construyendo para que el río sea navegable” y “la navegación del Ebro no justifica una inversión de 30 millones de euros”. Ahora parece ser que no importa que nos gastemos anualmente 150.000 euros en la conservación del azud y muchos más en las continuas reparaciones que muy posiblemente habrá que ir realizando.

Para algunos, la lámina estable del azud supone esconder las islas de gravas en el estiaje que “afean” la estética del río. En vez de ver en ello un valor de un río mediterráneo distinto a los centroeuropeos, se ha querido uniformar esa mal llamada restauración del río. Un río, decía ya Ollero en los debates del 2006, que en los tramos urbanos es tan río como los de aguas arriba y aguas abajo de la ciudad. El río está conectado con los freáticos y con las riberas. Las gravas del río valen tanto como los sotos, como todo lo demás.

Voces expertas y organizadoras se han lamentado de que los constructores de los puentes del 2008 dejaran 150.000 metros cúbicos de gravas -15.000 camiones de 25 toneladas- para hacer los asentamientos de los puentes en su fase de construcción. Los vergonzosos dragados sucesivos llevaron los flujos de agua a la orilla derecha, y el río ha ido sedimentando esas gravas en la orilla izquierda a la altura del CN Helios y en las zonas próximas al azul. Visualmente se puede advertir esa colmatación en el embarcadero de Vadorrey y junto a la propia represa. Allí mismo, hace unos días, un muchacho que se introdujo en el cauce tuvo serios problemas para salir con barro hasta el nivel del pecho. ¡¿Cómo que no hay sedimentación por el azud?!

Después de triplicarse el costo de los puentes, cuesta creer que los responsables no exigieran a las empresas constructoras el ahorro económico que suponía quitar los sedimentos, y ahora, ¿lo tenemos que hacer con el dinero de todos? Pero los que se dicen expertos no asumen esta responsabilidad.

Podemos esperar a que el Ebro de forma natural arrastre estos sedimentos pero el proceso va a ser más lento por la gran regulación que tiene el Ebro y por la existencia de los dragados y el azud. Mientras éste se mantenga, va a ir acumulando el exceso de sedimentos dejados por los puentes construidos.

 

La calidad de las aguas y la navegación

Como me indica el naturalista Paco Iturbe, es necesario para un ecosistema mediterráneo el estiaje de aguas bajas durante un tiempo. Al desaparecer el efecto azud durante unos días hubo un fuerte estiaje en Zaragoza, con orillas y amplias zonas expuestas directamente al sol y sin agua. Dicha exposición provocó que el exceso de macrófitos se secara y muriera, siendo posteriormente eliminado cuando regresó un caudal algo mayor. Es decir, logró reequilibrar la presencia de macrófitos de una forma natural, eficaz y gratuita. Por eso, tras ese episodio la presencia de macrófitos disminuyó de un modo espectacular como se podía comprobar a simple vista. Y con ello la presencia de la mosca negra. Y con una rapidez sorprendente al coincidir estiaje y lluvias posteriores. Ya no nos acordábamos, tras años de efecto azud, de esta capacidad equilibradora del estiaje mediterráneo.

El hecho real es que entre el Puente de Santiago y el de Hierro hay cantidad de macrofitos. Más que en otras zonas del Ebro. Allí ponen las larvas la mosca negra. 17.000 personas han sido atendidas en los centros de salud por picaduras en este año. Podemos estimar que son muchas más las personas afectadas.

Este espacio de aguas remansadas tiende a almacenar la contaminación de los retornos de riegos de aguas arriba del Ebro, y los contaminantes de selenio y metales pesados del Huerva como anualmente nos lo recuerdan los análisis de la CHE. Ya lo señalaba Manuel Julvez que fue responsable de infraestructuras del Ayuntamiento de Zaragoza en 2006: “Será preciso actuar sobre los vertidos en el Ebro y en el Huerva, tanto de la ciudad como de otros municipios” para no perjudicar la calidad del agua embalsada.

El 99,9% de los que se acercan al río lo hacen paseando y lo que exigen son unas orillas limpias y saneadas. A esa tarea no se han dedicado los anteriores gobiernos municipales y el actual lo puede hacer mejor. En esa tarea, hay que exigir que Ecociudad vaya dando solución a los aliviaderos, que en situaciones de fuertes lluvias, evacuan las aguas residuales al Ebro. Se perdió la oportunidad, cuando se reformó Echegaray y Caballero en 2007, de cambiar el colector principal. No se hizo y estamos pagando las consecuencias. Para muestra, ver el aliviadero del principio del Parque de San Pablo donde en estos días se pueden ver sus efectos.

Si analizamos las grandes inversiones que se han hecho en la ciudad para hacer los ríos navegables, comprobamos que, en su mayor parte, se han perdido. Se han hecho tres embarcaderos en el Canal Imperial sin tener los permisos de la Junta del Canal para su uso. Los embarcaderos del Náutico y del complejo Expo apenas se utilizan, y en el Aura hay un restaurante y discoteca, sin licencia municipal, pero que tampoco utiliza el embarcadero construido. El canal de aguas bravas del Parque del Agua apenas ha funcionado. Quienes más utilizan el río para navegar son los piragüistas del CN Helios que con una simple rampa acceden al río. Este modelo hubiese bastado en Vadorrey, en vez de hacer el embarcadero en el propio cauce, el cual exige un mantenimiento mayor por los arrastres del río en las crecidas

De sabios es reflexionar y rectificar, todavía estamos a tiempo. Helios nació en los años 20 como una Asociación Naturalista defensora de la naturaleza. Un grupo de personas que defendían el disfrute del río pero siempre adaptándose a él. De allí surgieron excelentes deportistas.

El disfrute del río, de los ríos, no está reñido con el mantenimiento de su naturalidad. Hoy, defender la presencia del azud cuando la navegación es posible, es un verdadero contrasentido.

Árboles muertos entre el Puente de Hierro y el de La Unión por la elevación de aguas del azud